LA SOLUCIÓN DEL TAXISTA

Esto no lo arregla nadie. Ya se pueden reunir, los políticos del mundo, en Pekín, en Washington o en Astorga. Yo casi diría que es mejor que no se reúnan en ningún sitio, lo único que hacen es gastar dinero en balde, decir tonterías constantemente y crear conflictos entre ellos; como la historia esa entre el presidente Sarkozy y la canciller Merkel. Dicen que ella no quiere que él se le acerque mucho, que se siente atosigada por la pulsión sexual del francés. Anda que no sería guapo que esos dos se liaran. Mientras tanto mi Carla Bruni lloraría sus penas en los programas del corazón de la televisión poniendo verde a  su Nicolás. Y el marido de la señora Merkel, al que llaman “El fantasma de la opera”, ahogaría sus penas escuchando la música apasionada de Wagner planeando su venganza, quizás decidiera robarle las alzas de los botines a Sarko… que perversidad, como son estos alemanes.

Me parece ridícula la manera en la que Zapatero mendiga una silla en la reunión convocada por el ya finiquitado presidente Bush. Es evidente que solucionar no van a solucionar nada, pero nada en absoluto. Con lo cual lo único que quieren todos es hacerse la foto, bueno Sarkozy tal vez quiera volver a ver a Merkel, es comprensible, el amor, ya se sabe. Pero el resto no creo que sea conveniente que se pongan al lado de Bush, toda exposición a este hombre es altamente peligrosa. Hay que tener en cuenta que habrá sido, con diferencia, el peor presidente de la historia de los Estados Unidos y un cenizo de marca mayor, no creo que sea necesario poner ningún ejemplo de esto que digo: Torres Gemelas, guerra de Irak, la bolsa… En fin, que todo se le cae y donde se mete sale escaldado.

Para arreglar el tremendo follón económico en el que está metido el mundo creo que tendríamos que acudir a una de las formulas más clásicas y que nunca fallan: LA SOLUCIÓN DEL TAXISTA.

Hay que coger un avión y viajar a cualquier ciudad de España o de cualquier otro país del Mundo y allí coger un taxi, hay que hacerlo desde un aeropuerto para que el trayecto a recorrer sea lo suficientemente largo. Esperar a que el taxista le coja a uno un poco de confianza y enfocar la conversación hacía los problemas que aquejan al planeta y entonces…

-Pues oiga, le digo yo una cosa –dirá el taxista con voz fuerte y segura.

-¡Dígame, dígame usted, le escucho!

-Esto lo solucionaba yo en dos días, pero ni un minuto más ¡eh! –Nos dirá girando la cabeza para mirarnos a los ojos mientras pierde de vista, peligrosamente, la carretera.

-¿Pero… cómo?

-Pues con un par de güevos, oiga. Con dos cojones, vamos.

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