…DOS

Los atenienses se dedican buena parte de su tiempo libre a jugar al Backgammon y a mover entre sus manos unos collares de cuentas que parecen rosarios, aunque no tienen ninguna connotación religiosa. Los hay de muchos tipos, calidades y precios y, para lo único que sirven, es  para ser movidos entre los dedos. El Backgammon es el juego, de mesa, más antiguo que se conoce. Su origen se dio, probablemente, en Egipto o Mesopotamia. Los griegos lo juegan en los bares, o en improvisadas mesas en la acera o en cualquier otro sitio. Ahora, según nos explican, uno de sus nuevos pasatiempos es hacer huelga y manifestarse.

Miércoles.

En el hotel nos informan que, a pesar de la huelga, la Acrópolis, los museos y demás lugares históricos están abiertos. Nos vamos corriendo, antes de que las cosas se pongan mal, estamos en el centro de la ciudad y está a punto de ser tomada por policías y manifestantes. Nos da tiempo de tomar café y unas pastas de hojaldre rellenas de queso que nos sirve una mujer de pelo muy rubio, casi blanco, que tiene un rostro ojeroso, pequeño y de arrugas muy marcadas. M. le pide otro tipo de pasta pero ella le sirve lo mismo que a mí, con una preciosa sonrisa en la boca, eso sí.

-Esta tía, no me hace ningún caso, me ha servido lo mismo que a ti.

-Quizás no le gustes, no sé.

-Pues ella a mí tampoco… aunque la cosa ésta está buena –dice ingiriendo el hojaldre que la chica le ha cortado en trozos pequeños.

Pasamos por la plaza Omónia, en la que se concentran un buen número de manifestantes y que me hacen revivir una estética que ya me resulta muy lejana. Llevan una especie de uniforme consistente en cazadora de cuero negra, pantalones tejanos o de pana, banderas rojas y todos están fumando; no vi a ninguna mujer pero por unos altavoces que estaban instalados por toda la plaza se escuchaba la voz vibrante y algo distorsionada de una griega que parecía muy enfadada y que, supongo, arengaba a las masas a la revolución.

Nos vamos a la Grecia clásica (La biblioteca de Adriano, la Acrópolis, el Ágora…), en la que estamos prácticamente solos y todo es silencio. Bueno, todo sería silencio si no fuera por la voz de la mujer de los altavoces que escuchamos durante toda la mañana. Es inútil decir que nos encanta todo.

Comemos cerca de la plaza Monastiráki. Arroz con carne envuelto en hojas de parra y cubierto con salsa de limón; es una de las muchas variedades de lo que ellos llaman gemista. Pescado guisado con tomate y patatas; todo acompañado de vino Retsina blanco.

Volvemos al hotel y nos lo encontramos todo cerrado con persianas metálicas, una de las cuales está abierta hasta la mitad con un tipo que la sostiene esperando a los clientes. La policía y los huelguistas han hecho su labor. Buscamos algo que hacer para no salir pero, la piscina, el gimnasio y la sauna están cerrados y la televisión no nos divierte mucho. Nos armamos de valor y vamos hasta la plaza Syntagma paseando por unas calles vacías de coches y personas pero llenas de las muestras de la batalla que se había desarrollado por la mañana: escaparates rotos, entradas de metro destrozadas para hacerlas piedras… En la plaza, delante del parlamento sigue la contienda. Los soldados, vestidos de verde chillón, contemplan en silencio a los manifestantes que gritan y agitan sus banderas desde las escaleras. Los militares inician un movimiento de despliegue mientras los de las cazadoras negras empiezan a tirarles piedras, unos pedruscos enormes, en Atenas no puede haber ningún problema de piedras. Nosotros empezamos a correr para perdernos por las calles de Plaka, pero lo hacemos unos segundos tarde y una bomba lacrimógena que han tirado cerca nos hace llorar y toser mientras un extraño y desagradable picor nos atenaza la garganta. Corremos y nos metemos dentro de los escaparates de una tienda que está cerrada, es de Zara, como no.

Por la noche cenamos en nuestro bar preferido, el del hombre calvo y amable: Pita con pollo, tomate, patatas y salsa de yogur.

JUEVES.

Por la mañana visitamos el templo de Zeus, llueve y hay más vendedores de paraguas por la calle que gotas de lluvia en nuestras cabezas. Cuando llegamos al teatro de Dionysus empieza a lucir el sol. Nos sentamos en los bancos de piedra y nos quedamos mirando hacia el escenario en silencio, como si tuviera que empezar la función. No soy capaz de imaginar qué tipo de personas se sentarían en esos mismos sitios ni qué tipo de espectáculos verían. M. me saca fotos.

-Para la contra de tus libros –me dice.

Vamos a comer a Plaka: Kokkinisto, carne de cerdo cocinada con vino y hierbas, bebemos vino tinto.

Por la tarde sigue lloviendo y vamos al Hotel Grande Bretagne, es lo que llamaríamos el lujo absoluto e intemporal. Vestíbulo de mármol, alfombras orientales, grandes arañas en los techos y tapices antiguos en las paredes. Al entrar en él me vino a la cabeza el título del libro de memorias de Stefan Zweig, El mundo de ayer. Eso es lo que me parecía, estaba viviendo en un mundo que ya no existe. El bar del hotel se llama Alexander’s es sobrio, elegante y está poblado de una muy variopinta fauna que va desde los ricos señores y señoras usuarios del hotel que se mueven por la vida con paciente elegancia, hasta los crápulas y las meretrices más laureadas de Europa. Un pianista, vestido como si estuviera tocando en cualquier prestigioso teatro de ópera, desgranaba los acordes de un nocturno de Chopin y el barman, en este caso una chica, nos sirvió unos martinis con cuyo precio se hubiera podido subsanar la deuda de algún país del tercer mundo, pero valió la pena estar allí para verlo.

Por la noche cenamos bacalao con puré amargo y bebemos Mythos.

-¡Uf! Mañana se acaba el viaje, que mierda…

-Míratelo por el lado positivo, todavía nos queda mañana para que acabe –le digo a M. que hace un mohín con la boca.

Continuara…

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