THE END

El último día siempre resulta triste. Nos levantamos y preparamos las maletas, no sé qué coño pasa, pero siempre es mayor el volumen de regreso. Tomamos café en un bar que se parece sospechosamente a un Starbusks. Y nos vamos a la plaza Syntagma a ver el cambio de guardia delante del parlamento. Son unos soldados de pacotilla vestidos de forma ridícula con unas zapatillas con borlas de colorines en el empeine y que solo pueden interesar a los turistas. Cuando llegan a la plaza para hacer el intercambio, lo hacen dando unas zancas exageradas y muy poco practicas para la vida real. Tres perros les ladran e intentan morderlos, toda una metáfora. Otro soldado, éste vestido con ropas militares convencionales, tiene que sacarles los chuchos de encima que están bastante enfurecidos. Ese mismo soldado, cuando ya ha acabado toda la ceremonia tiene que arreglar los gorros y los uniformes de los que se han cambiado y que ya no se pueden mover.

Después vamos a visitar la catedral ortodoxa. Es redonda y no muy grande, como todas las iglesias que hemos visitado. Son, sin embargo, muy ricas en cuanto a parafernalia religiosa: cuadros y tapices con hilo de oro… La catedral, como todas las otras, está en obras y tiene su interior lleno de andamios. Ponemos monedas en una urna y encendemos velitas de color marrón, habrá que colaborar. Vamos al mercado, que siempre es el mejor sitio para ver cómo se desarrolla la vida de una ciudad. Es viejo y mal iluminado. Se compone, básicamente, de dos grades pasillos en uno de ellos está la carne, son paradas pequeñas a derecha e izquierda llenas de todo tipo de carnes. Al dar la vuelta llegamos a otro pasillo paralelo lleno de micro tiendas de pescado que descansa en quilos y quilos de hielo. Todo el mundo chilla sin parar; los vendedores para ofrecer su mercancía y los compradores para adquirirla. Cuando salimos tenemos los zapatos mojados y huelen a pescado.

Llegamos al aeropuerto y el avión lleva una hora de retraso, ya empezamos. Al llegar a casa, en Barcelona, busco el libro de memorias de Melina Mercouri, Nací griega. Hace muchos años que lo tengo pero nunca lo he leído, ahora me apetece mucho.

El sábado me levanto temprano para ir a desayunar con mis colegas. Vamos al restaurante Vilaró, en la calle Comte Borrell, en la mesa de al lado está Quim Monzó. Come un estupendo plato de mongetes con butifarra blanca y negra pero bebe agua de Vichy, debe andar jodido el hombre.

La conversación gira, como es lógico, sobre Grecia.

-Dime, ¿qué es lo que más te ha impresionado de Atenas? –me dice Toni mientras bebe un sorbo de cerveza.

-Bueno, aparte de lo obvio, Acrópolis etc.… Ayer vi a un tipo delante del parlamento lleno de carteles con, vete a saber tú que reivindicaciones escritas en ellos, chillándole a los pobres y ridículos soldados que hacen la pantomima delante del edificio que, por supuesto no le hacían ningún caso. Me imagino que ese tipo debe ir cada día a darles la barrila allí… No sé, ese tipo de aptitudes siempre me sorprende y me reconforta con el ser humano. Hay que luchar por lo que uno cree hasta el final y sea en las condiciones que sea.

-¿Volverías? –me pregunta Rafa que últimamente se ha apuntado al vicio de los viajes.

-Sí, sin duda. Es un país en el que la gente es muy amable, se come maravillosamente bien y… bueno, las mujeres son muy guapas. Por supuesto que volvería.

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