CIENCIA INFUSA

La zapatería estaba vacía y en el aire flotaba un agradable olor a cuero y a limpio de primera hora de la mañana. El dependiente era un tipo alto, delgado y moreno con una desagradable tendencia a la calvicie.

-Quiero unas “tenis” de la marca CONVERSE.

-¿Tenis?

-Sí, antes se les llamaba así, pero quiero decir unas zapatillas de tela… el numero treinta y ocho.

-¿Treinta y ocho? –dijo mirándome los pies con sorpresa.

-Sí, no son para mí, es un regalo para una chica.

-Ya.

Sacó unas trece cajas de zapatillas. Aunque sin mucha variedad de formas y colores. Escogí unas y le dije que me las envolviera para regalo.

-Por favor, dame el tiket por si no le gustan. Ya sabes, las mujeres son cantidad de raras para sus gustos…

-Sí, tienes razón…

-Son muy complejas… y, además, no les gusta nada.

-Es cierto, pero suelen ser más sugestivas que nosotros y se pueden tener con ellas conversaciones muy interesantes –me dijo aquel tipo mientras, con un gesto muy femenino, se colocaba detrás de la oreja unas guedejas de su escaso pelo.

-Ya, quizás tengas razón, pero hay que saber ciencia infusa para entenderlas.

Dos días después volví a cambiar las zapatillas. El tipo del otro día levanto la vista al verme entrar y dejó a una pareja a la que estaba atendiendo y se me acercó, sin ni un atisbo de sonrisa en la boca ni ninguna señal de reconocimiento previo.

-¿Qué, no le han gustado, no? –dijo haciéndose cargo de la caja que yo sostenía en mi mano.

-No, parece que el color no es el adecuado.

-Ya… pues las tengo en verde, negro, azul y fucsia.

-Creo que me llevaré el negro, no sé, siempre queda bien.

El tipo se marchó con un movimiento excesivo de caderas y dejando en el aire un extraño olor a flores. Volvió con la caja en una mano y un ramo de flores en la otra. Por un momento pensé que me lo iba a dar pero lo colocó en un jarro transparente que tenía al lado de la máquina registradora. Después abrió la caja de las zapatillas y me las mostró orgulloso.

-¿Así irá bien?

-Espero que sí, pero nunca se sabe…

-El problema es la ciencia esa, ¿no?

-¿Qué ciencia?

-Pues la que tú me dijiste, la infusa…

-¡Ah! Quizás sí, eso debe de ser.

Me marche con la caja debajo del brazo y cuando estaba en la calle me giré para mirar el interior de la tienda y observé al tipo que me miraba con la nariz pegada en el cristal del escaparate. Aceleré el paso y no volví a pensar más en la ciencia infusa ni en ninguna otra ciencia durante varios días.

 

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